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De Quimeras y Ensoñaciones

Pensamientos

Pensamientos Mientras contemplaba los coloridos pensamientos que adornaban el jardín de la plaza, vistiéndolo de matices en la fría mañana, pensamientos, flores de invierno, colores, una mujer vestida de gris se levantó del banco de piedra y pasó a mi lado, caminaba despacio, arrastrando los pies, me pareció que temblaba, en su mano derecha, enguantada, llevaba un sobre blanco que se deslizó entre sus dedos y caprichosamente la brisa lo meció hacia el jardín para desesperación de su propietaria, que lo observaba, allá tendido, entre las flores.
Tengo debilidad por las mujeres ancianas, quizá resabios de un complejo de Edipo hacia aquella madre que nunca tuve, quizá deseos de proteccionismo, de ayudar, de sentirme útil sin recibir nada a cambio, no sé, pero no puedo ver a ninguna mujer sufrir.
Brinqué sobre la bordura de hierro forjada que impedía el acceso al jardincillo y recuperé el sobre tendido sobre las flores, mis torpes manos, sin quererlo, arrancaron un pensamiento amarillo, se lo entregué, junto con la carta, a aquella anciana, - parecía perdida, errática, despistada- me dio las gracias y siguió su camino hacia el edificio de correos.
Mi intuición no podía engañarme, aquella mujer parecía estar desorientada, con una alteración consciente de su realidad exterior, miraba sin ver, como hipnotizada, tal cual un zombie de película de terror. Cruzó la calle y se detuvo delante del buzón, sosteniendo el sobre en la mano, permanecía allí, ahora quieta, al instante moviéndose nerviosa hacia un lado, luego al otro, sin atreverse a introducir la carta. Había contemplado escenas similares ante ese buzón, pero nunca de tan intensa proporción, simplemente se limitaban a dejar la carta sobre la boca y luego empujaban, sin acercar la mano al bronce. Volvió a detenerse, colocó el sobre debajo del antebrazo para poder quitarse el guante de la mano derecha, y con la mano desnuda, decidida, levantó su carta, y metió su mano por la boca del león de bronce, aquel león que tantas veces me asustaba siendo niño, y permaneció allí quieta, valiente. Por un momento pensé que gritaría, que había perdido su mano allí dentro, que el felino había engullido su extremidad para siempre. Pero no ocurrió.
La seguí. Ante el museo arqueológico se detuvo, vaciló, miró hacia atrás, quería entrar, pero a la vez quería marcharse, no sabía lo que hacía, no parecía querer nada y creo que entonces comprendí que aquella mujer era una de esas extrañas, sin nadie, que vagan por las calles, afectas de la enfermedad del olvido, del no saber quien se es, del no saber que es lo que se quiere. Una mujer aturdida y perturbada, sin rumbo, sin casa, paseando por la ciudad en busca de alguien con quien poder hablar, solitaria, sin saber que hacer. ¿A quien iría dirigida aquella carta? . Probablemente no tendría destinatario. Es más, creo que tal vez, ella simplemente fue a jugar con el león de bronce, para demostrar que no le tenía miedo. Eso es, no había error posible, aquella anciana, después de tomar el sol, sentada en el banco de la plaza, desde el cual contemplaba a la fiera, le había retado, había adquirido un sobre y sin letras algunas dentro aceptó el desafío, la heroína que vence al rey de los circos romanos. Y lo hizo. Dejó su mano dentro de aquellas fauces de metal.
¡ Lo que a uno le hace hacer la locura ¡ .
Sentí una pena enorme por aquella anciana enajenada que dudaba si aquel museo, con sus puertas de cristal, sería su casa. No pude aguantarlo. Me acerqué a ella.
-Buenos días, ¿se acuerda de mí? , su carta, entre los pensamientos –le dije-
Me sonrió y me mostró la flor amarilla, que llevaba en el pelo.
-Vaya, no pense que …
-Es muy bonita, ¿es usted mi marido? – Y sonrió de forma cómplice y pícara- siempre me regala una.
Al oír aquellas palabras las pocas dudas que creía tener sobre aquella mujer se despejaron, sentí una profunda sensación de soledad y abandono ajena, a la vez que de ternura y compasión, no sabía quien era, y ella tampoco sabría decírmelo, pero necesitaba ayudarla de algún modo, compartir con ella un rato de charla y compañía, hacerle sentir una mano amiga en quien apoyarse, sin abrumarla ni humillarla a preguntas baladíes
- Yo trabajo aquí – mentí – en el museo arqueológico. He visto como usted dudaba en entrar, no tenga miedo, yo le acompaño y se lo enseño, es muy bonito.
Volvió a sonreír, se agarró de mi brazo y entramos a la oscuridad de aquel laberinto inanimado, cruzando las puertas traslúcidas de cristal.
- Hoy a regresado muy pronto, doctora – oí decir a una voz femenina, mientras mis ojos se acomodaban a la nueva iluminación artificial –
- Si, María –contestó traviesa y divertida – Ya sabes que siempre ando muy ocupada, pero hoy, en calidad de Directora de este Museo, voy a servir de cicerone y guía turístico a este joven tan simpático.

3 comentarios

white -

me había despistado el saludo a la entrada del museo:-HOY HA REGRESADO MUY PRONTO DOCTORA.
es lo que me había despistado, por lo demás precioso.

Jugador_S -

Hola White. Esto, primero de todo, gracias por tus comentarios, disculpa que no los conteste aquí, pero los leo todos.
La verdad es que pretendía ser que si era la directora :"-¿Es usted mi marido?" - Y SONRIÓ DE UNA FORMA CÓMPLICE Y PÍCARA"
Un día contemplé la escena de una mujer mayor que parecía perdida y no sabía si entrar ó no en el museo Arqueológico y pensé que esa mujer no estaba muy cuerda, pero luego me dije a mi mismo, ¿en que me baso para tales afirmaciones?, y pensé crear esta historia para refutarme a mi mismo la idea de que las apariencias engañan.
Ah, por cierto, la plaza existe, los pensamientos también, la estafeta de correos, el león de bronce, y el museo arqueológico también, son sitios físicos reales de esta ciudad.

white -

no he entendido muy bien el final, lo he releído varias veces y no lo entiendo. ¿La viejecilla es la directora?